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La historia de Ruth Joseph

Una oruga refugiada bajo una hoja

La estigmatización de las personas con depresión inunda las escuelas y los lugares de trabajo. Divide a las familias. Y no solo las personas con trastorno depresivo mayor temen al rechazo: los individuos con una alta funcionalidad también ocultan su historial de salud mental. Una de esas personas es Ruth Joseph, de 52 años.

Ruth Joseph

Estados Unidos

52 años. Divorciada, con dos hijos adultos.

Profesión

Oficial de Cumplimiento Hipotecario.

Diagnóstico

Alrededor del año 2000, a Ruth se le diagnosticó trastorno depresivo mayor. Su perfil de síntomas incluye ansiedad.

Ruth tiene un exigente trabajo en una empresa. Tiene que dirigir y presentar numerosos proyectos, y mantener la sangre fría mientras lo hace. Su jefe y sus compañeros la consideran una empleada responsable y, al mismo tiempo, una persona de rápido ingenio que les hace reír. Esa es la Ruth profesional con la que trabajan y se divierten. Pero hay una faceta suya que ellos no conocen.


La Ruth “personal” es asesora voluntaria en una línea de ayuda con mensajes de texto para personas con problemas. Dos noches por semana, escucha y responde a todo tipo de mensajes de personas infelices, muchos de ellos jóvenes. Están deprimidos, tienen ataques de ansiedad, se hacen cortes… Y, cuando Ruth los anima a confiar en las personas de su entorno, oye una negativa constante en sus respuestas:

¡No! No puedo contárselo a mi familia, estarían muy decepcionados conmigo. Mis padres dirían que soy un exagerado, que me lo estoy inventando. No puedo decírselo al orientador de la escuela, se lo contaría a mis padres. Ruth Joseph

Le cuentan que, por fuera, son capaces de mantener una apariencia feliz y positiva. Por dentro, sin embargo, están a punto de derrumbarse, sumidos en un torbellino de emociones dolorosas. “Todos tienen mucho miedo”, afirma Ruth. Temen, o saben por experiencia, que los juzguen y los rechacen por ser débiles o pesimistas. Pero Ruth no solo trata con jóvenes. Hace poco, estuvo mensajeándose durante horas con un hombre que se quería suicidar porque su mujer lo había dejado y se había llevado a sus hijos. Ruth intenta ayudar a las personas que tienen miedo de hablar con quienes las rodean. Ella lo entiende. Desde que tenía unos 30 años, ha ido sufriendo épocas de depresión y sabe bien lo que es querer ocultar tu vulnerabilidad.

Mamá se está echando una siesta 

La familia de Ruth tiene una fuerte predisposición genética a las enfermedades mentales. Su abuela, por ejemplo, estuvo ingresada en un hospital psiquiátrico durante un largo periodo en los 70, cuando Ruth era pequeña. Nadie hablaba de la enfermedad de la abuela. Al hospital lo llamaban “ese sitio”, y Ruth sabía que no debía preguntar por qué estaba allí su abuela. Incluso hoy en día sigue siendo un misterio.


La depresión llegó a la vida de Ruth cuando era un ama de casa con dos hijos pequeños. Vivía lo que ahora describe como “una vida de ensueño” y, aun así, se sentía avergonzada. Se avergonzaba de no ser feliz. Ruth recuerda un día en particular. Estaba caminando por la calle y lo que ella llama su “malestar oculto ” apareció en forma de un pensamiento: “No soy nada. No existo”. Hace un gesto ilustrativo con los dedos: así de pequeña. Así de irreal. Durante esos años, cuenta que se sentía como una oruga refugiada bajo una hoja.


Ruth cree que lo que desencadenó la enfermedad fue el largo periodo de agotamiento que sufrió tras el nacimiento de su segundo hijo. Noche tras noche, el incansable bebé la mantenía despierta. Ruth siempre había sufrido trastornos del sueño y cuando, después de seis meses, su hijo por fin durmió una noche entera, ella ya no era la misma. Empezó a aislarse de lo que la rodeaba. Siempre que podía, bajaba las persianas de su dormitorio para evitar que entrara la luz del sol y se metía bajo las sábanas. “Solía decir: ‘Mamá se está echando una siesta’”. Ruth se estremece al recordarlo. “Ahora me suena rarísimo”.
Cuando dormía, podía desaparecer. Fuera de su habitación, yacía un mundo en el que no podía vivir. No sentía ninguna emoción intensa, aparte de una hiperirritabilidad que podía desatarse al oír el clic repetitivo de un bolígrafo o a alguien mascando chicle. De pequeña, a Ruth le habían enseñado a reprimir las emociones negativas y, ahora, respondía a su creciente mal humor con un estricto autocontrol. Aun así, su ansiedad se desbordaba con sus dos hijos. Todo lo que hacían le parecía peligroso. “¡Cuidado!”, les advertía continuamente. “¡Prestad atención!”.


Desde fuera, era una esposa privilegiada y una madre que disfrutaba de la vida. Solo su marido y su hermana gemela sabían que lo estaba pasando mal, y solo su hermana conocía toda la realidad. Ruth tenía amigos, pero no confidentes. A menudo, cuando estaba a punto de sincerarse, de repente, se cerraba en banda. Pensaba que, a lo mejor, no era la única que se sentía así. Cuando Ruth se para a pensar en esa época de su vida, no tiene ni idea de cómo se sentían realmente el resto de mujeres de su círculo. En el año 2000, le diagnosticaron depresión. Pero el tratamiento no la ayudó demasiado. En 2008, se divorció y, hoy en día, cree que la depresión contribuyó a la ruptura de su matrimonio.

Auténtica felicidad

Nadie conoce esta historia en su trabajo, y no la conocerán jamás. Se trata de un entorno laboral afable, pero sabe, por experiencia, lo que puede pasarles a los empleados con depresión. Ruth resume su destino en pocas palabras: “No les va bien”. Tiene grabado un incidente concreto que tuvo lugar en un trabajo anterior. Una compañera solía romper a llorar de vez en cuando. Tenía cambios de humor y su rendimiento era irregular. Nadie ayudó a esa mujer. La calificaron como “muy poco profesional” y la despidieron. A Ruth le encanta su trabajo y tiene mucho en juego. “Jamás me atrevería a contar mi historia por miedo a parecer débil”, explica. “Cuantas menos emociones muestres en el trabajo, mejor”. En su cubículo solo tiene colgadas unas pocas fotos personales.


Pero hay un entorno en el que Ruth ha roto su silencio. Hace unos meses, les contó a sus padres que llevaba años luchando contra la depresión. Se lo confesó tras una difícil conversación que mantuvieron sobre uno de sus hijos. En los últimos años, Ruth ha respondido bien al tratamiento y se encuentra en remisión estable. Aun así, la depresión no se ha esfumado de su vida. Su hijo pequeño ha tenido problemas psicológicos graves desde los 12 años. Ahora va a la universidad y vive cerca del campus. Ruth lo describe como un chico inteligente, culto e ingenioso. Se ha sometido a numerosos tipos de terapia y tratamiento, sin resultado. “Odio mi vida”, le dice él.


El hijo de Ruth está atascado en un punto de su vida por el que ella también pasó una vez. Tiene muchos motivos para ser feliz, pero no se siente así. Y, al igual que muchas de las personas que hablan con Ruth a través de la línea de ayuda, se culpa a sí mismo por no ser capaz de mantener el control. Ahora está recibiendo un nuevo tipo de tratamiento y teme que tampoco funcione. “¿No será que soy vago y tengo mala actitud?”, le preguntó a Ruth hace poco. “¿Quieres que finja ser feliz?”. La auténtica felicidad y la felicidad fingida pueden parecerse, pero están a años luz la una de la otra. Ruth las conoce bien a las dos. Ahora disfruta de su vida y habla de la profunda diferencia que eso supone. Por eso, confía en que un día su hijo también pueda, como ella, sentir la verdadera felicidad.

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